Enrique Sanchís (Sevilla, 1950) ha cedido el testigo de su negocio de relojes, el más antiguo de Sevilla, a la cuarta generación familiar. Su abuelo paterno llegó desde Gandía a Sevilla y fundó ‘El Cronómetro’, un comercio icónico de la calle Sierpes que lleva abierto al público desde 1901. Ahora tiene cuatro tiendas, tres en esa calle y otra en los bajos del Hotel Radisson Magdalena Plaza. El responsable del día a día de la empresa, que ha pasado por muchas visicitudes durante sus ciento veinte años de vida, es ahora su hijo Álvaro, biznieto del fundador.

—¿Le gus­ta­ban los re­lo­jes des­de pe­que­ño?

—Me gus­ta­ban los me­ca­nis­mos en ge­ne­ral. Por eso es­tu­dié In­ge­nie­ría In­dus­trial, aun­que no tu­ve pa­cien­cia pa­ra ter­mi­nar y me in­cor­po­ré al ne­go­cio fa­mi­liar.

—¿Có­mo re­cuer­da la Se­vi­lla de esa épo­ca?

—La re­cuer­do pro­vin­cia­na pe­ro con iden­ti­dad pro­pia. Creo que la ma­no­sea­da glo­ba­li­za­ción nos ha he­cho per­der per­so­na­li­dad. Era to­do cer­cano. No ha­bía tan­tas nor­mas co­mo aho­ra. Ha­bía un or­den y un se­ño­río en la gen­te den­tro de un de­sor­den apa­ren­te. Creo que se vi­vía no con tan­ta co­mo­di­dad co­mo aho­ra pe­ro con más ale­gría.

—¿He­mos per­di­do ale­gría a pe­sar de vi­vir me­jor?

—Aho­ra te­ne­mos mu­chas más co­sas pe­ro creo que la gen­te es­tá más frus­tra­da e in­sa­tis­fe­cha que an­tes. Creo que he­mos per­di­do de vis­ta las co­sas más im­por­tan­tes de la vi­da.

—¿Cuá­les son los ma­yo­res cam­bios que ob­ser­va en la Se­vi­lla ac­tual res­pec­to a la de su in­fan­cia?

—En­ton­ces ha­bía más ta­ber­nas y fon­das y me­nos res­tau­ran­tes de co­pe­te con co­ci­na de di­se­ño, y tam­po­co ha­bía tan­tos ho­te­les lu­jo­sos.

—Ven­de re­lo­jes muy ca­ros, al­gu­nos de más de vein­te mil eu­ros. ¿No le gus­ta el lu­jo?

—El con­su­mis­mo nos ago­ta a to­dos por­que siem­pre hay al­go nue­vo por po­seer y no creo que eso nos me­jo­re. No es más fe­liz el que más tie­ne sino el que me­nos ne­ce­si­ta.

—Es pro­pie­ta­rio de uno de los co­mer­cios más an­ti­guos de Se­vi­lla. Su­pon­go que eso le ha­rá sen­tir­se or­gu­llo­so, tan­to a us­ted co­mo a los que le an­te­ce­die­ron en su fa­mi­lia y a los que le su­ce­de­rán.

—Es una res­pon­sa­bi­li­dad per­ma­ne­cer en la me­mo­ria de Se­vi­lla y na­tu­ral­men­te un or­gu­llo. Se de­po­si­ta en ti una his­to­ria y un sa­ber ha­cer que de­bes con­ser­var y tra­tar de me­jo­rar pa­ra fa­ci­li­tar a los que es­tán y a los que vie­nen de­trás

—¿Có­mo es el ne­go­cio de los re­lo­jes?

—Nues­tro ne­go­cio es un po­co atí­pi­co. Mi abue­lo vino a Se­vi­lla por cir­cuns­tan­cias per­so­na­les y se afin­có con un pri­mer es­ta­ble­ci­mien­to es­pe­cia­li­za­do des­de el co­mien­zo úni­ca­men­te en re­lo­jes, tal y co­mo te­nía su fa­mi­lia en Gan­día y Al­coy. Era em­pren­de­dor y le sur­gió el tras­pa­so de una ca­mi­se­ría en la ca­lle Sier­pes, que era la ar­te­ria prin­ci­pal de la ca­pi­tal, y en 1901 la abrió al pú­bli­co. Pa­ra el re­le­vo man­dó a mi pa­dre, úni­co va­rón de la fa­mi­lia, a Sui­za a es­tu­diar In­ge­nie­ría y mi­cro­me­cá­ni­ca en Neu­cha­tel. Con pos­te­rio­ri­dad tomé el tes­ti­go en los años 70 y ac­tual­men­te es mi hi­jo Ál­va­ro, ayu­da­do por mi her­mano Carlos, el que lle­va las rien­das del ne­go­cio.

—¿No hay mu­je­res en su ne­go­cio?

—De mo­men­to, no. El ne­go­cio es de mi her­mano Carlos y mío. Su hi­ja es un por­ten­to de in­ge­nie­ra pe­ro ha pre­fe­ri­do en­fo­car su ca­rre­ra al mar­gen de la em­pre­sa fa­mi­liar.

—Ha vis­to caer mu­chos ne­go­cios a su al­re­de­dor. ¿Qué pen­sa­ba ca­da vez que uno echa­ba el cie­rre?

—Des­gra­cia­da­men­te han des­apa­re­ci­do ca­si to­dos. Des­pués de tan­tos años jun­tos, exis­tía ca­ma­ra­de­ría y era do­lo­ro­so ver­los caer, pe­ro los avan­ces tan­to tec­no­ló­gi­cos co­mo so­cia­les ha­cían muy com­pli­ca­da su exis­ten­cia.

—¿Las ad­mi­nis­tra­cio­nes pú­bli­cas les echa­ron un ca­ble al­gu­na vez?

—Las ad­mi­nis­tra­cio­nes no han ayu­da­do na­da a es­te sec­tor y la pues­ta a pun­to con es­ca­sos re­cur­sos era muy di­fí­cil. Yo he es­ta­do muy pen­dien­te de in­no­var y so­bre to­do de adap­tar­me a los tiem­pos y aún así me pre­gun­to có­mo he­mos po­di­do re­sis­tir.

—¿Có­mo lo ha lo­gra­do? ¿Cuál es el se­cre­to?

—Nues­tra fi­lo­so­fía es la «ex­ce­len­cia» y eso es in­tem­po­ral. Aña­da­mos nues­tra ca­pa­ci­dad de adap­ta­ción y al­gu­nas pe­que­ñas de­ci­sio­nes es­tra­té­gi­cas que afor­tu­na­da­men­te han te­ni­do éxi­to y es por to­do es­to que to­da­vía es­ta­mos.

—¿Al­gu­na de esas pe­que­ñas de­ci­sio­nes es­tra­té­gi­cas la pue­de con­tar aquí?

—En una de las cri­sis que su­pe­ra­mos, con muy po­ca de­man­da, abar­cá­ba­mos to­do ti­po de pú­bli­co, con re­lo­jes des­de 500 pe­se­tas has­ta 500.000. No tu­ve más re­me­dio que apos­tar por al­go y lo hi­ce por la gama al­ta re­nun­cian­do a las ga­mas ba­jas. Fue una de­ci­sión acer­ta­da que nos man­tie­ne vi­vos.

—¿Cree que es­ta­mos cer­ca del fi­nal del co­mer­cio tra­di­cio­nal?

—No soy adi­vino y en es­te mun­do tan cam­bian­te es di­fí­cil pre­de­cir, pe­ro creo que po­drán co­exis­tir los dis­tin­tos ca­na­les de ven­ta tan­to fí­si­cos co­mo vir­tua­les que ha­rá que los pro­pios pro­duc­tos en­cuen­tren su si­tio en el mer­ca­do pa­ra dar la má­xi­ma sa­tis­fac­ción a los con­su­mi­do­res.

—El re­loj, cuan­do em­pe­zó ‘El Cro­nó­me­tro’, era un ar­tícu­lo de lu­jo, de una cla­se so­cial al­ta. ¿Qué sig­ni­fi­ca hoy lle­var un re­loj de pulsera exac­ta­men­te?

—Es ver­dad que era un ar­tícu­lo de lu­jo y tam­bién una ne­ce­si­dad. Co­mo re­ga­lo ha­bía dos o tres oca­sio­nes en la vi­da. En la pri­me­ra co­mu­nión; si es­tu­dia­bas, cuan­do ter­mi­na­bas la ca­rre­ra; y de re­ga­lo de pe­di­da cuan­do te ca­sa­bas. Con la pro­duc­ción en ma­sa, el re­loj de­jó de ser un ar­tícu­lo de lu­jo y per­dió la so­lem­ni­dad del ob­je­to.

—To­do el mun­do lle­va hoy un mó­vil que le da la ho­ra. ¿Có­mo me ex­pli­ca­ría la ne­ce­si­dad de lle­var un re­loj en la mu­ñe­ca?

—Hoy, con tan­ta in­for­ma­ción dis­po­ni­ble, el re­loj ha pa­sa­do de ser una ne­ce­si­dad fun­cio­nal a un ac­ce­so­rio que nos iden­ti­fi­ca y nos dis­tin­gue. En un mun­do don­de to­dos po­de­mos te­ner de to­do.

Fuente: ABC de Sevilla

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